"El Naranjo de quien ella se había enamorado era un artista bronco y tímido, reservado hasta la claustrofobia y la misantropía, comunista inquebrantable y amigo del hachís, pero sobre todo del alcohol, ajeno a toda convención social, incluidos el trabajo, la monogamia, la paternidad, los horarios y las modas pictóricas, partidario de terminar algunas noches de parranda bohemia bebiendo copas de anís en los bares de putas; ya que en ese tiempo el inveterado golferío masculino adquirió en ciertos ámbitos intelectuales de provincia un prestigio de afirmación libertaria, de maltidismo y disidencia vital."
A. Muñoz Molina, En ausencia de Blanca
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